Descontrol. Díptico. Segunda parte

Cuando llegué a la avenida que había al final de la calle donde vivían Dante y Crisol el panel de la esquina marcaba 10 C° y la 01:32 de la mañana. Mi mente no dejaba de dar vueltas repasando si me había despedido con la suficiente entereza para ocultar lo decepcionado que me sentía por haber sido expulsado de aquella fiesta privada: “Tranquila, no tienes que darme más explicaciones“. Y después un gesto de complicidad y una despedida rápida alegando prisa por dormir para poder madrugar.

El frío comenzaba a rebajar los efectos del alcohol al mismo tiempo que aumentaba la ansiedad por haberme dejado llevar a una situación que, pensándolo bien, carecía completamente de sentido y había expuesto mis debilidades delante de gente con quién no tenía tanta confianza. Me dirigí avenida arriba, deshaciendo el camino que habíamos hecho los cuatro, buscando la forma de recomponer mi autoestima herida pensando que dos o tres horas antes ni me planteaba una situación así. Supongo que la sensación de rechazo funciona como un resorte tremendamente sensible en mi piel y se activa inmediatamente un protocolo de auto vergüenza. Para ser sincero el alcohol no me ayudaba a gestionarlo mejor. Caminé unos diez minutos antes de llegar de nuevo a la zona de bares en la que habíamos estado. Por mi mente pasó la idea de quedarme en algún bar tomando algo pero enseguida lo descarté porque nunca me ha parecido demasiado atractiva esa imagen del bebedor solitario. Pasé de largo las calles abarrotadas de gente y enseguida volví a estar solo con mis pensamientos. Únicamente una pareja caminaba a unos cien metros delante de mi, en la otra acera. Discutían y él se trababa intentando hablar, justificarse o poner alguna excusa, yo que sé. Ella no le miraba. Cuando me acerqué un poco más reconocí aquella figura y mi ansiedad terminó por dispararse. Era Greta. Greta, mi compañera de trabajo. Greta, a quién no había creído dejar de odiar hasta que me di cuenta de que estaba atento a ella todo el tiempo y que quizá esa atención era algo más: anhelo, deseo, relámpagos y truenos. A saber, porque ¿Quién vive y quién lo sabe?

Era Greta y no miraba a su pareja. Le daba la espalda y andaba sin esperarle. Hasta que él le chilló para llamar su atención: “¡Greta!”. Y se giró. Se giraron ambos. Hacía mi. Porque no grito él. Grité yo.

O alguien dentro de mi.

Este fin de semana perdí el control.

 

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